Chile ocupará por dos años un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU, donde reside el poder de la organización en asuntos políticos, aunque estaremos en la segunda clase, no entre los "cinco grandes". Algo es algo. Se trata de un cargo apetecido por el prestigio que traería consigo la participación en las organizaciones internacionales. Hay una larga tradición de afán de lucimiento de nuestra diplomacia desde los inicios de la Sociedad de las Naciones en 1920.
A veces nos hemos lucido de verdad, como entre las dos guerras mundiales, aunque entonces el Chile-país no daba para mucho. Otras veces, como a los dioses les encanta burlarse de los humanos, nuestra diplomacia se ha visto en apuros por este afán. Este fue el caso el 2003, cuando se tuvo que decidir el apoyo (o no) a EE.UU. por su operación en Irak, justo cuando pendía en la cuerda floja la firma del Tratado de Libre Comercio con EE.UU., meta tan perseguida por La Moneda, y la Casa Blanca comenzó a apretar las tuercas. Varios miembros del equipo de gobierno deben haber maldecido el momento en que se les ocurrió participar en el Consejo. Al final la historia resultó bien, porque a la administración Bush no le cabía otra que "perdonar" a Chile, y porque el voto chileno de no apoyo fue vindicado por el resultado tan absurdo de la empresa, rechazada tras un tiempo por el mismo público estadounidense. Se lucieron Ricardo Lagos, Soledad Alvear y Juan Gabriel Valdés, aunque los dos primeros lo pasaron mal por un momento.
Sería rematada mala suerte que nos toque de nuevo un tipo de participación de este orden en el Consejo. Sin embargo lo que no es cosa de azar es que la situación interna de varios países latinoamericanos pueda rebotar más allá de las organizaciones regionales. Para ocupar ese cargo por dos años hemos tenido el apoyo de todos los países latinoamericanos. Vale decir, también de nuestros tres vecinos. No está mal. Asimismo, se tuvo entonces el apoyo de los países "bolivarianos" y de la gerontocracia cubana. Esto sí que tiene sabor amargo, ya que es imposible no pensar que hay un precio de por medio. Así como Chávez no agitó más su simpatía por la demanda marítima de Bolivia a cambio de que el gobierno de Piñera no lo criticara, algo parecido debe ocurrir en este caso.
De esta manera, Chile continuará con su política de, a cambio de no ser hostilizado en sus aristas delicadas, asentir de manera pasiva a la tendencia a legitimar el matonismo venezolano. Se llega al absurdo de que mientras Paraguay es cruelmente aislado por su golpe blanco, seguido ahora por una elección impecable dentro de su cultura política, por otro lado -sátira hiriente- Cuba representa a toda América Latina en la Celac. De los países que deberían marcar una pauta, solo el canciller del Perú se ha atrevido a insinuar una verdad de Perogrullo: que el carácter de la política venezolana abandona el suelo de las costumbres democráticas.
No es necesario defender una suerte de postura heroica y aislada de nuestro país. No podemos asumir la tarea del Llanero Solitario, entre las múltiples complejidades del continente. Sin embargo, que Chile y otros países emprendan un camino diferente -que lo tienen- debe traducirse en un lenguaje distinto, en defensa de instituciones republicanas, como las que en general se han buscado por 200 años, y no ponerlas al mismo nivel de estas combinaciones de caciquismos e ideologías totalitarias aguadas por la pasión farandulera. Como vamos, se cierne una tormenta. El apaciguamiento ante los caciques tarde o temprano revertirá sobre Chile, despertando apetitos de aventuras temerarias. Ya se escuchan sus cantos de sirena.