Semana a semana, los fanáticos devoran una columna del periódico The Guardian en Inglaterra que se llama "The secret footballer". Allí, un jugador anónimo cuenta lo que sucede en los camarines, entrenamientos, clubes privados y fiestas con lujo de detalles, desde la privilegiada posición de estar dentro del sistema y conocer lo que sienten y viven sus colegas de profesión.
Fue tanto el éxito de la idea que el año pasado se editó un libro con sus textos y hay un sitio (whoisthesecretfootballer.co.uk) que se dedica solamente a descubrir la identidad secreta del columnista incógnito. Hay algunas pistas: es inglés, blanco, ha sido capitán de su equipo y tuvo depresión en algún momento de su carrera. La revisión de sus señas, que perfectamente pudieran ser una mentira para seguir encubriendo su identidad, ha reducido la lista a siete jugadores de la Premier League.
"Con todo respeto, no tienen por qué meterse en lo que hacemos con nuestro dinero. Lo podemos gastar y por supuesto que lo hacemos. A lo grande, lo que me imagino provoca mucha envidia", escribió para referirse, por ejemplo, a las fiestas con mujeres y alcohol. Y aseguró, poco antes que sucediera, que los jugadores del Chelsea lograrían que el entrenador del equipo, el portugués Vila-Boas, fuera cesado del cuadro. Los blues perdieron por goleada en Nápoles, contrataron a Di Matteo y luego fueron campeones de la Champions, eliminando al Barcelona y batiendo en la final al Bayer Munich.
El futbolista secreto -convertido en todo un fenómeno mediático por estos días- sabe los códigos, como casi todo el mundo, pero se atrevió a divulgarlos. No se siente mal, asegura, porque tomó la idea de la columna de...un agente inmobiliario que develaba los secretos de los jeques, los famosos y los políticos a la hora de comprar una casa. En suma, en cada profesión hay alguien dispuesto a contar los escándalos de alcoba, de la cocina de los restaurantes, de las cirugías estéticas o de los pasillos de la política.
En rigor, lo que nos cuentan es lo que todos sospechamos, o intuimos, o creemos ver. No es novedad que hay planteles que botaron al técnico, o equipos donde el entrenador o los dirigentes no logran ganarse el respeto de los dirigidos. Me habría encantado que un futbolista secreto me contara en detalle qué pasó en el entretiempo de la final entre Everton y Colo Colo en Sausalito, por ejemplo. O en la llegada de los que venían del bautizo en Pinto Durán, aunque, en rigor, lo intuyo.
Se especula por estos días, con más fuerza que en otras ocasiones, que el peso de los liderazgos está complicando a Franco y a Lasarte, dos técnicos de estilos antagónicos y que, además, fueron jugadores exitosos, por lo que conocen de sobra los códigos de camarín. La resistencia a los cambios de estrategia, las divergencias tácticas, las declaraciones repartiendo culpas, la presión de los que no juegan, las características de la personalidad del entrenador generan desde rebeliones hasta rupturas en los vestuarios que terminan condicionando los rendimientos. La victoria suele ser un buen bálsamo, pero, como es sabido, muchas veces esta no llega porque no hay ánimo ni ganas de superar las brechas.
Pocas veces como este año, simultáneamente, Colo Colo, la U y la Católica mostraron camarines revueltos, reyertas y luchas por el liderazgo entre jugadores y técnicos. Una pugna tan vieja como el fútbol mismo, pero que marcó y marcará la historia de este torneo. Falta alguien para escribirla en detalle. Porque sabrosa debe ser.