Bienvenido, Francisco
Eugenio Valenzuela: "Jorge Mario Bergoglio no ha sido elegido Papa por ser jesuita, sino porque los otros cardenales han percibido en él cualidades espirituales y humanas que lo hacen apto para liderar la Iglesia en tiempos tormentosos...".
La razón de ser de la Compañía de Jesús es estar al servicio de la humanidad
desde la Iglesia, anunciando la Buena Noticia del Evangelio y sus consecuencias
ineludibles de promoción de un mundo más justo y fraterno, en diálogo con las
culturas y otras religiones. Como parte de la Iglesia, está llamada y enviada
para ir a las fronteras geográficas, sociales y culturales, donde otros no van o
no pueden ir. Esta es nuestra vocación que un Pontífice tras otro nos han
encomendado.
Esta vez, un hijo de San Ignacio ha sido llamado para servir, no desde la
periferia, sino desde el mismo centro de la Iglesia en un momento
particularmente difícil y desafiante. ¿Qué significado puede tener el que el
nuevo obispo de Roma sea jesuita?
Jorge Mario Bergoglio S.J. no ha sido elegido Papa por ser jesuita, sino
porque los otros cardenales han percibido en él cualidades espirituales y
humanas que lo hacen apto para liderar la Iglesia en tiempos tormentosos. Con
ello no se desconoce que este pastor ha sido moldeado por la espiritualidad
ignaciana. Pero su elección no puede estar más alejada de la idea de que con
ello los jesuitas logramos llegar al poder, alcanzar la cima, conquistar por fin
el rumbo de la Iglesia. Nada más alejado de la realidad, y por ello nos resulta
tan desconcertante recibir en estos días felicitaciones por ese motivo o leer
comentarios de prensa que argumentan en ese sentido. El ministerio petrino para
el que ha sido elegido este religioso es servir a la unidad de todo el pueblo de
Dios y no a los intereses de un grupo particular, sea una congregación o una
región.
En su nombramiento destaca además una segunda novedad: es el primer Papa que
elige el nombre de Francisco. No deja de ser significativo que el cardenal
Bergoglio escoja a San Francisco de Asís como su modelo. Sabemos que a este
santo le tocó ejercer su servicio en tiempos muy difíciles para la Iglesia y sus
características son bien conocidas: hermano de todos, identificado hasta en los
estigmas con Jesús de Nazaret a quien quiso servir en pobreza, cercano a los
marginados y al pueblo sencillo, llamado por Cristo a reformar la Iglesia.
La primera aparición de Francisco en el balcón dejó a todo el mundo cautivado
por su sencillez y humildad. Invitó a orar con gratitud por Benedicto XVI y
antes de dar la bendición al pueblo reunido en la Plaza San Pedro, inclinó la
cabeza y les pidió a los fieles cristianos que pidieran a Dios que lo bendiga en
su nueva misión. Sus primeras palabras trazan un camino: quiere una Iglesia de
todos, una Iglesia con mayor colaboración entre todos, más fraterna y más unida.
Pone el acento en que "este camino lo tenemos que hacer todos juntos en
fraternidad y en unión".
Esa noche también hubo otros detalles que hablan de él. Así, cuando salió,
llevaba al cuello la misma cruz pectoral de esos días y no eligió la cruz del
Papa para las grandes ceremonias ni tampoco se puso la muceta roja que puede
llevar un Pontífice. Más tarde regresó con los otros cardenales en autobús a la
Casa de Santa Marta, sin hacer uso del auto destinado habitualmente al Papa. El
día siguiente de nuevo sorprendió al volver a la Casa Internacional del Clero,
donde estaba residiendo antes del cónclave, recogió sus pertenencias, pidió la
factura y pagó la cuenta. Es el rostro de la Iglesia que necesitamos en estos
tiempos complejos.
Hay finalmente una tercera novedad que me parece de una enorme significación
respecto de cómo debe ser el papado del tercer milenio. ¿Qué significa el que
los cardenales y el Espíritu hayan elegido por primera vez en dos mil años a un
pastor que viene -como él mismo dijo- del fin del mundo? No viene de Europa, del
centro, del primer mundo, sino de América Latina, del Tercer Mundo, de la
periferia. Viene de Latinoamérica que concentra al 40% de los católicos, una
parte significativa de los dos tercios que se encuentran en los países pobres
del sur. Pienso que esta novedad tiene relación con el Concilio Vaticano II,
que, según una interpretación de fondo, es un concilio que invita a transitar
desde una iglesia europea occidental a una iglesia por primera vez mundial. Una
iglesia que reconoce a las iglesias particulares y que estima como riqueza la
diferencia entre un cristianismo africano y un catolicismo norteamericano, que
debe aprender tanto de la novedad de un catolicismo de minoría en India y en
Vietnam como del catolicismo de mayoría de México y Colombia.
Para reconocer esa diversidad, el Concilio Vaticano II (1962-1965) equilibró
con la colegialidad de los obispos la afirmación del primado que hizo en el
Vaticano I (1870).
En ese sentido, preguntarnos sobre el papado es, al mismo tiempo, debatir
sobre la interpretación y aplicación del Vaticano II. ¿Cómo debe ser el papado
del tercer milenio? Cómo debe ser su servicio a la unidad de todas las iglesias,
está indicado en el concilio, "brújula segura para entrar en el tercer milenio",
como dijo Juan Pablo II. El acontecimiento eclesial más importante de los
últimos 500 años, desde Trento, nos da las claves. Elegir un Papa argentino,
diferente, es un paso más en la recepción del concilio que apenas lleva 50 años.
Él representa la unidad no de los iguales sino la de los diversos.
El nuevo obispo de Roma es un religioso jesuita, que ha elegido el nombre de
Francisco y viene de lejos. Tres características que pueden ser muy
significativas para la renovación de la Iglesia que todos esperamos.

