Sede vacante
La fuerza que la fundamenta no viene de algo que por cierto la distingue: su actividad pastoral y la crítica político-moral, sino que su origen espiritual le permite tener respuestas sobre el aquí y el ahora que jamás ninguna otra fuente será capaz de ofrecer...
Admirador en muchos sentidos de Juan Pablo II, no dejaba de hacerme preguntas en los largos años de su enfermedad. Antes del advenimiento de los medios de comunicación modernos, el final de la vida de un Pontífice, por larga que fuera su agonía, era sublimado por un sistema que había perdurado por siglos. Distinto es el implacable escrutinio moderno que muestra al detalle los cambios físicos, borrando de un plumón las inhibiciones de otras épocas. El deterioro físico se transmite a la organización, que en otra época tenía su propia dinámica. Por ello, la abdicación de un Papa podría ser conjeturable.
La de Benedicto XVI ha sido una especie de maremoto. Aunque sea razonable, que no se piense, sin embargo, que no habrá consecuencias difíciles de sopesar. No será gratis. El Papado en la tradición católica está ligado a la fundación sagrada, y abdicaciones -como se ha recordado estos días- ha habido solo un puñado de veces en dos mil años, la última hace seis siglos. Una reforma, por necesaria que pueda ser, exige su tributo en lo inasible del patrimonio espiritual. Esto podría ser el núcleo del desafío que la modernidad presenta a la Iglesia. Probablemente vendrán otras iniciativas o reformas, quizás indispensables, pero cada una de ellas conllevará un estremecimiento.
En este último medio siglo muchas voces se han alzado pidiendo reformas drásticas, "que se ponga al día", que "se modernice", con mezcla de razones y sinrazones. Las más airadas pocas veces proceden de una inquietud espiritual o del desasosiego por el futuro de la Iglesia. En ciertos casos como que le piden que deje de ser religión para convertirse en dispensadora de terapias. Se olvida que el monoteísmo que hoy en día avanza -en algunas áreas del mundo a zancadas-, el islamismo, no lo ha hecho "modernizándose", sino recurriendo a una versión ultraortodoxa de sí mismo, lo que llamamos fundamentalismo.
No lo estoy proponiendo para las iglesias cristianas. En el contexto del hombre moderno y del cristianismo, una empresa así lleva inevitablemente a la formación de sectas. Otro abismo de ese camino es que se transforma en el Príncipe de este Mundo, un poder por el poder en sí mismo. Lo vemos en algunos casos. La fuerza de la Iglesia ha estado en no ser secta. Puede recurrir a otras tradiciones. Una de ellas antigua, la convivencia con el poder secular, tiene más de 1.500 años de antigüedad, aunque el carácter de la relación se ha transformado. Desde fines del siglo XIX la Iglesia tomó conciencia de la necesidad de confrontar y a la vez adaptarse a la civilización liberal.
No es necesario que en su seno triunfe el liberalismo, no al menos como doctrina o ideología. Casi es todo lo contrario, ya que a la civilización liberal también le son inherentes tendencias antiliberales (marxismo, fascismo, etcétera), o no liberales (tradicionalismo, intolerancia revestida de tolerancia, etcétera). A ella le es necesaria una perspectiva que esté fuera de su cuerpo principal de ideas: la autonomía moral de la persona, el Estado de Derecho, la distinción de lo público y lo privado.
La Iglesia y la religión pueden creativamente ser parte de ese mundo y estar a la vez más allá de él. La condición ineludible es que ella no olvide en su vida cotidiana que la fuerza que la fundamenta no viene en primer lugar de algo que por cierto la distingue: su actividad pastoral y la crítica político-moral, sino que su origen espiritual le permite tener respuestas sobre el aquí y el ahora que jamás ninguna otra fuente será capaz de ofrecer, no al menos para los creyentes -de los que hay varios tipos-, ni tampoco para todo aquel que se asoma a la pregunta sobre el significado final de la existencia.


