Hablemos en marzo
"Casi cinco millones de chilenos, la inmensa mayoría menores de 30 años, están habilitados para votar en las presidenciales y las parlamentarias, gente que no sabemos bien cómo va a votar, si es que vota..."
Se acerca marzo y comienza a extinguirse el receso de verano en Chile. La política se apresta a tomar un acelerado rumbo hasta diciembre. El 2013 será un año realmente decisivo para el país. Porque de las decisiones que se tomen, de los debates que se traben, de los resultados que se obtengan, puede llegar a depender, en gran medida, el futuro de la política chilena durante varios períodos.
El 2013 transcurrirá marcado por tres modificaciones institucionales de inciertos efectos. Primero, el ya conocido aumento del padrón electoral, de cerca de ocho millones trescientas mil personas a más de trece millones. Para dar una cifra exacta, ayudaría que el Servel y el Registro Civil depuraran pronto el padrón electoral de una serie de (previsibles) imperfecciones detectadas durante la pasada elección municipal. Lo definitivo, en todo caso, es que casi cinco millones de chilenos, la inmensa mayoría menores de 30 años, están habilitados para votar en las presidenciales y las parlamentarias, gente que no sabemos bien cómo va a votar, si es que vota. ¿Pero votará el 10% siquiera de aquellos jóvenes? Esos son poco menos de 500 mil votos. Más que suficiente para ganar cualquier elección.
Segundo, el voto voluntario. Mucho se ha escrito al respecto, pero lo concreto es que éste fue capaz de alterar significativamente las tendencias electorales que se venían repitiendo desde 1988. Perjudicó a la derecha en comunas urbanas, fue relativamente neutro en comunas rurales y pequeñas. Los analistas hacen mil especulaciones y cruces, los que se resumen en que hoy día votan quienes algo de interés tienen en la política. El márketing insulso que primaba en la era del voto obligatorio es cosa del pasado. ¿Seguirá perjudicando el voto voluntario a la derecha, como lo hizo en las elecciones municipales?
Tercero, las primarias. A pesar de estar establecidas en la ley como mecanismo voluntario (un acierto del legislador si es que de verdad se quiere fortalecer a los partidos y no transformarlos en simples organizadores de primarias, sin sustento ni coherencia alguna), a estas alturas es casi un hecho que las dos coaliciones principales tendrán primarias. Serán menos o más reñidas, eso está por verse. Pero habrá mucha discusión entre los candidatos, y de esa discusión se fijará gran parte de las plataformas políticas para la elección de noviembre.
La primaria puede forzar a tomar opciones de política pública, a formular declaraciones ideológicas, a tomar definiciones en aspectos tan sensibles como, por ejemplo, en materia de reforma constitucional o asuntos valóricos. La derecha puede hacerse más derecha. La oposición puede verse en aprietos al no hallar los acuerdos mínimos necesarios para armar un programa.
La primaria presidencial, además, puede forzar una dinámica de primarias parlamentarias. ¿Cómo se niega un candidato a una primaria si tiene un desafiante de peso en su distrito? En algunos casos podrá cerrar los ojos y seguir adelante; en otros, le presión pública se hará insostenible.
El Parlamento que se elige en noviembre tendrá la presión de conducir reformas profundas en importantes materias. El binominal o los quórums ya no servirán de excusa válida. O el Congreso se embarca en reformas o su legitimidad terminará de extinguirse. De ahí la necesidad de lograr un Parlamento afín que pueda conducir y acompañar al Ejecutivo en ese proceso de reformas. En el caso de la centroizquierda, el voluntarismo político no es opción real, pero la inercia tampoco. Para eso, debe saber acumular fuerzas. ¿Tendrá la madurez política para hacerlo y no fragmentarse en decenas de fuerzas insignificantes?
En suma, en marzo comienza lo que puede ser un año fundacional para la política chilena. Era sabio hablar entonces.


