Pasajero en tránsito
"A veces creo que quedan menos libros para escribir, y todavía bastantes por leer, sin volverme preso ni de ansiedad ni de prisa. Sé fehacientemente que faltan conversaciones con mis hijos, no para convencer, sino para compartir..."
Esto lo soñé. Soñé que escribía un libro y ese libro se llamaría En tránsito, o Tránsito, a secas. Tenía que ver, gruesamente, porque el sueño poco a poco se desvanece, con la idea de que lo nuestro es apenas un tránsito pasajero por la vida antes de regresar a la nada. En el sueño no había un gramo de angustia y yo estaba feliz con el hallazgo. Pero cuando desperté ya no me gustó el título del libro: me parecía que En tránsito o Tránsito eran demasiado escuetos y ofrecían dificultades para dispararse en varias direcciones.
Comenté este sueño en la mesa, a la hora del desayuno, y mi hija Antonia, en un arranque esotérico, me dijo que esos títulos soñados eran una señal, que no los desechara. En eso estábamos, explorando el título de un libro que no había sido escrito, cuando apareció la expresión Pasajero en tránsito. Doble tránsito, pensé: buena cosa. Un pasajero, alguien que viene y va, y más encima en tránsito, en estado transitorio. Un viajero en pausa, esperando a embarcar a un destino determinado. Una situación suspendida. Y me pareció que ahí podía ester el germen no sólo de un libro por escribir, sino de un momento vital. Que hoy, con unas pocas convicciones en el equipaje de mano, parezco más un pasajero en tránsito que un viajero decidido a, por ejemplo, cruzar el Atlántico. No es precisamente un estado de completa indefinición. Es, probablemente, un momento de duda. Después de años de intensa actividad, me pregunto una vez más cómo continuar, y mis respuestas por supuesto no son claras, enfáticas, unívocas.
Por ejemplo: hacer libros. Sí, pero ciertos libros solamente, y en su momento. Otros, que me han acompañado por años, no sé si alguna vez los lleve a cabo. Hay uno, en particular, al que le temo, y no sé si tenga sentido atravesar un campo minado para no llegar a ninguna parte. Trata de hombres que nacieron como cualquiera de nosotros y algo en sus vidas los puso en situación de matar. Me da miedo conectarme con zonas que finalmente acaben dañándome de un modo indeseable. ¿Merece la pena enfermarse seriamente por un libro? Es una pregunta legítima. ¿Qué es primero, o anterior? ¿El amor irrestricto a la vida, o empecinarse en sacar adelante un libro que sospechas te hará convivir con tus zonas más oscuras? ¿O las dos cosas están estrechamente vinculadas?
Estar suspendido no significa dejar de hacer, creo. Lo que cambia es el modo, y el carácter de urgente que solemos adjudicarles a esas cosas que nos parecen relevantes. Tal vez todo sea mucho más sencillo, y baste poner de relieve la lluvia que cae esta mañana sobre el lago Llanquihue para entender mejor. Lo que no es tan sencillo es el error profundo. Vivimos aquí y ahora, y no hay más. Si tienes hijos, tarde o temprano asumirás que las decisiones más importantes de sus vidas las tomarán ellos. Si cultivas un oficio en relación con otras personas, sabes que hay una conducta ética que no puede minimizarse o ignorarse, que eso sería como ganar haciendo trampa en el juego: un fiasco. Hay sueños hermosos, pero no puedes vivirlos todos en forma simultánea. Elegir un par y llevarlos a la realidad podría ser más que suficiente. Qué elegir: esa es la cuestión.
Pasajero en tránsito, por ejemplo, puede ser el título de esta crónica, y nada más. Pienso que es bastante. Sé que no estoy solo en este arranque. Que hay sujetos que no quisieran viajar por alguna razón a donde les indica su tarjeta de embarque. Sé también que más de alguien ha desistido de hacerlo a mitad de camino. Y que la mayoría lo hace convencido de estar haciéndolo bien, aunque en la ruta verifique que no desviarse del camino fue una decisión infeliz.
A veces creo que quedan menos libros para escribir, y todavía bastantes por leer, sin volverme preso ni de ansiedad ni de prisa. Sé fehacientemente que faltan conversaciones con mis hijos, no para convencer, sino para compartir. Hay una idea que me ronda la cabeza en este sentido, pero me gusta que permanezca como un invisible tapiz de pantalla. Algo me dice que seguiré viniendo al sur por unos años en verano, en la medida de lo posible, porque es una tregua necesaria. Sé también que quiero más de esta tregua -y menos de lo otro- en lo que venga de aquí para adelante. No sé por qué me viene a la cabeza esa frase maravillosa de Pierre Jacomet, cuando en sus años postreros le pidieron que se definiera: "La capital de un imperio que nunca fue". Bonito título para un libro, ¿verdad?


