Muchos se preguntan, en efecto, qué le encontró Hollywood al filme de Pablo Larraín como para seleccionarlo para la prestigiosa lista de competidores para mejor película extranjera. No soy un crítico cinematográfico ni pretendo dármelas de tal; pero creo que es porque "No" aborda cuestiones a la vez universales y contemporáneas.
Es una película sociológica. Con ella Larraín cierra el ciclo que inició con "Tony Manero" (2008) y continuó luego con "Post-Mortem" (2010). Si al mismo hubiese que ponerle un título, le llamaría "Anatomía al Chile de Pinochet".
Larraín no estuvo ahí, lo que le permite la distancia emocional propia de un cirujano. Su disección no tiene como blanco el poder y la política, sino esos intersticios donde convergen el universo autoritario con las pulsiones más íntimas de los individuos: la muerte en "Post-Mortem", el éxito en "Tony Manero", el miedo y la esperanza en "No".
Así fue el Chile de Pinochet: la mezcla de todo eso.
"No" es un filme político. La franja es una metáfora: su tema es el poder de la comunicación, el liberalizador así como el totalitario. Él reconstruye la encrucijada fundamental de la política en todos los tiempos y lugares: si tener una función de develamiento y pedagogía (informar, educar, hacer consciente), o tener un objetivo meramente instrumental en aras de alcanzar objetivos que están siempre muy lejos del paraíso en la tierra. Como lo coloca magistralmente la escena en que se presenta el clip del "No" ante los políticos, y Alejandro Goic se levanta para declarar que él no será cómplice de una franja destinada a lavar la imagen de la dictadura: esa vez ganó el pragmatismo, pero el dilema ha seguido vigente, y casi en los mismos términos, hasta el día de hoy; y lo seguirá estando, aquí y en todo lugar.
El hecho de que la imagen tenga la porosidad de un filme de hace 25 años logró el efecto deseado: confundir el registro de la época con lo filmado para la película. Las fronteras entre lo que es realidad y ficción son tan borrosas que hay escenas de la franja del Sí que muchos espectadores deben creer que son ficción. Al mismo tiempo ese efecto logra transportar al espectador a esa época: a la misma tristeza y melancolía pegada a esos colores café; al mismo sentimiento de agobio y opresión que transmiten esos espacios pequeños inundados de objetos; a ese mismo miedo omnipresente contra el cual unos y otros, cada cual a su modo, están luchando.
Los dilemas que enfrentan los personajes reponen con gran delicadeza la negada ambivalencia de esa época; pero a la vez, los conectan a disyuntivas universales. La cobardía de Saavedra, el publicista interpretado por García Bernal, incapaz de defender a su mujer cuando es golpeada en la comisaría -y que conduce a pensar si acaso el tipo de franja que él propuso y que finalmente se realizó, de un tono pacifista y reconciliador, no fue acaso por miedo antes que por estrategia-.
La actitud de su ex pareja, Antonia Zegers, que parece emplear la agresión a los demás (partiendo por la que ejerce sobre el propio Saavedra) para no dejarse arrastrar por la desesperanza, antes que por la convicción. La conducta del publicista del Sí (interpretado por Alfredo Castro), del que uno no sabe si actúa siguiendo lo que realmente cree, o si no es más que un arribista que tuvo la mala suerte de elegir la causa equivocada. O la orfandad del mismo Saavedra, que necesita andar tomado de la mano de su hijo de 10 años para obtener el pie a una tierra que tiembla por los cuatro costados.
Así podríamos seguir. Cada personaje y escena trasunta algo de cada uno de nosotros; de los de ayer, de los de hoy, de los de siempre. Por esto "No" llegó adonde está.
Cada personaje y escena trasunta algo de cada uno de nosotros; de los de ayer, de los de hoy, de los de siempre. Por esto "No" llegó adonde está.